Ago 122011
 

Hace varios años participé en un proyecto de investigación de la facultad de Ciencias de la Educación UBA liderado por la cátedra Historia de la Educación Argentina y Latinomerica que dirige Pablo Pineau. En el marco del 50 aniversario de la carrera, el proyecto era recoger relatos orales de docentes, quienes crearon la carrera y la atravesaron en sus diferentes períodos. El proyecto se convirtió en libro, y los profesores que coordinaron la investigación y el libro, María Luz Ayuso y Nicolás Arata, me invitaron a presentarlo representado a los estudiantes que participaron. El título que eligieron para el libro me pareció muy inspirador: “La trama común”. La carrera de educación -como la educación- es un trabajo de construcción colectiva: al preparar mis palabras para presentar el libro sentí ese hilo que me tironeaba a involucrarme en esa trama de construcción.

Eso me sucede con Internet. Soy parte de la trama. Creo en esa construcción colectiva.

Entonces, cuando me convocaron de Memoria Abierta como panelista para participar del Taller Regional de la red de sitios de memoria de América Latina, supe enseguida qué título tendría mi presentación: “La trama común. Aprendizajes en red en la era digital“.

Al ponerme a trabajar sobre esta presentación descubrí algo que puede parece obvio pero yo no había llegado a entender con tanta claridad: educación y memoria tienen los mismos problemas. Estos problemas se transparentan en la enunciación.

Los sitios de memoria tienen un imperativo que con la educación, en tanto sistema educativo, comparten: la transmisión cultural y el diálogo entre generaciones.

Ahora, ¿cómo decir/contar/enunciar lo que no se quiere escuchar? En los casos de los sitios dedicados a la construcción de conciencia, el centro del relato es la violación de los derechos humanos. Particularmente, en procesos de dictadura. Lo que quieren contar suele ser lo que no queremos oír.

En la educación pasa algo similar. Pareciera que el relato que la educación quiere dar (quiso dar o vino dando) ya no quiere ser escuchado. O, por lo menos, las resistencias a escuchar que tal vez antes estaban contenidas ya no lo están: los alumnos se resisten a ser receptores.

Lo que se está poniendo en juego es que la fórmula de EMISOR>RECEPTOR es una mentira. Nadie es emisor, nadie es receptor. Las personas no somos receptoras. Somos algo mucho más complejo. El paréntesis de Gutenberg, por ejemplo, cuestiona este rol de receptor que los libros de alguna manera perpetuaron.

Pensando en esta problemática que estoy acostumbrada a tratar en la educación desde las nuevas maneras de aprender, en trabajar para que las clases no sean una emisión de contenidos sino diseño de experiencias en las que los alumnos se involucran como participantes y el aprendizaje emerge de la construcción de conocimiento, encontré este vínculo entre educación y memoria.

La memoria, para decirse y contarse, debe incorporar el presente. No se puede emitir la historia. Debe experimentarse. Para que el relato de lo que pasó sea completo (y no fragmentario) debe incorporar a su no-receptor como constructor. El pasado necesita al presente para contarse.

Dejo estas ideas un poco desordenadas.Sigo trabajando y pensando en este sentido. Continuará.

>Acá el video de la ponencia que presenté

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  One Response to “Cómo contar lo que no se quiere oír”

  1. […] >>Más información sobre este trabajo en escuelawip.com.ar “Cómo contar lo que no se quiere oir”. […]

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